"Y no nos metas en tentación". El hombre natural y el hombre moral no pueden comprender esta oración.
El hombre natural quiere probar su fuerza en la aventura, en la lucha, en el encuentro con el enemigo.
Eso es vida. "Si no te juegas la vida, nunca la ganarás". Esto es lo que sabe el hombre natural. El hombre moral también sabe que su conocimiento es verdadero y convincente solamente cuando lo ha verificado y probado,
él sabe que el bien solamente existe por el mal. Por lo tanto el hombre moral llama al mal, su oración diaria dice "méteme en tentación, que debo verificar en mí el poder del bien".
Si la tentación realmente fuera lo que el hombre natural y el hombre moral entienden por ello - la verificación de sus propias fuerzas en resistencia con el enemigo - entonces en verdad que la oración de Cristo sería incomprensible.
Pero todo esto no teine nada que ver con la tentación de la cual Cristo nos habla. La tentación a que alude la Biblia no tiene que ver con la prueba de mi fuerza,
porque debido a la misma esencia de la tentación en la Biblia es que toda mi fuerza (para mi horror y sin que yo sea capaz de remediarlo) se vuelve contra mí. Realmente todos mis poderes caen en manos del poder del enemigo y ahora son conducidos a su campo, precediéndome.
Antes de que mis poderes puedan ser probados, soy despojado de ellos. "Mi corazón está acongojado, me ha dejado el vigor, y aún la luz de mis ojos me falta ya. (Salmo 38:10). Este es el hecho desicivo de la tentación del cristiano, que es abandonado, abandonado por todos sus poderes - de hecho, atacado por ellos - abandonado por todos lo hombres, abandonado por el mismo Dios. El corazón tiembla
, y ha caíso en las tinieblas. Su mismo ser no es nada. El enemigo es todo. Dios "lo ha abandonado por un breve instante" (Isa. 54:7). El hombre está solo en su tentación. Nada le sustenta. Por un breve instante el Diablo encuentra cabida. ¿Cómo se enfrenta al Diablo el hombre abandonado? Es el príncipe de este mundo quien se opone a él. La hora de la caída ha llegado, la irrevocable, la eterna caída: ¿Quien nos librará
de las garras de Satanás?